Piezas de un ajedrez ajeno o la necesaria recuperación del valor de la política

 

 

Por Jesús María Santos. Tenía sus razones para decirlo, aunque pueda parecer un exabrupto o, al menos, una generalización excesiva. “Que Dios libre a Las Hurdes de un sociólogo” comentó Unamuno en algún escrito sobre la comarca, símbolo y metáfora de la España profunda, abandonada y vacía. En estos tiempos, a tenor de su reproducción tan prolífica, de su permanente presencia en  nuestras vidas (que es tanto como decir en nuestras tertulias) y de su insistente expresión de ser ellos “el rostro del que sabe”, antes que desalojar de nuestro entorno a los sociólogos convendría hacer lo propio con buena parte de los autodenominados politólogos. Al menos, con aquellos que han convertido los mecanismos de la lucha por el poder en la norma que regula la acción política. Con aquellos cuyo análisis de los asuntos relacionados con la gestión pública, con las relaciones entre la sociedad y sus representantes o con el funcionamiento de las instituciones se desarrolla a partir de un sistema que prioriza los intereses de quienes dirigen la actividad pública, y no de la lógica que deberían imponer los derechos de la ciudadanía, incluido el de participación.

¿Con qué criterios se valoran en buena parte de los casos las decisiones más relevantes, la prioridad de unas leyes u otras, los debates parlamentarios e incluso las convocatorias de elecciones? ¿Qué es lo que verdaderamente importa? Que tales medidas refuercen las posiciones de unos u otros en el tablero del poder. En consecuencia, a lo que pudiera constituir el meollo central de la política apenas se le reconoce un valor instrumental. De ese modo la sociedad acaba concibiendo e interpretando la gestión de los asuntos públicos como una serie de códigos y arcanos con valor en sí mismos, aunque ajenos a las preocupaciones y necesidades de la gente. La política se reconoce como el arte de la intriga, la seducción y, en definitiva, el engaño.

Ante esa realidad la disidencia resulta imprescindible. Es necesario recuperar el valor de la política por su trascendencia para la convivencia entre los ciudadanos y como garantía de los derechos que a ellos les corresponden. Si no se anteponen los intereses de la sociedad y sus preocupaciones a la lógica política sobre la que se insiste a todas horas, las personas se transforman en piezas inertes e inermes de un ajedrez ajeno, en el que unos pocos mueven las fichas con las reglas dictadas por politólogos.

De ellos, Dios nos libre. En expresión de don Miguel.

 

Jesús María Santos López publicó este artículo en www.lagardeideas.com