Como en un anuncio laboral clásico, habría que colgar un reclamo en busca de hombres y mujeres de Estado. Gente capaz de articular el capital político surgido de las elecciones del 26 de mayo en Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y también en el Parlamento Europeo. Con urgencia. El primer plazo finaliza el 15 de junio, fecha de constitución de los 8.131 municipios de España.

Por Manuel Campo Vidal

Por si hay que impartir clases aceleradas para políticos deseosos de alcanzar altura, escapando del barro cotidiano, está disponible el ex primer ministro de Francia, Manuel Valls, concejal electo de su Barcelona natal. Valls, contra pronóstico, está dispuesto a hacer alcaldesa, a disgusto, a Ada Colau con tal de evitar al independentista Ernest Maragall, autor en campaña de una frase que le persigue estos días: “Hay que ganar Barcelona para convertirla en palanca de la República catalana independiente”. Valls se confabuló con él mismo para evitarlo. Miquel Roca debía estar en esa onda, ya que días antes de las elecciones reclamó el voto para Ada Colau. Los socialistas barceloneses, que han doblado concejales pero venían de muy abajo, juegan a favor de esa operación que, curiosamente, solo inquieta a la beneficiaria, o mejor, a su núcleo de influencia personal.Albert Rivera, ahora de verdad, se la juega en estos pactos. Más que nunca. Proclamó que superaría a Pedro Sánchez y el 28 de abril se quedó a menos de la mitad de sus escaños. Se propuso adelantar a Pablo Casado un mes después y tampoco acertó, aunque, en todas las elecciones que se convocan, Ciudadanos siempre sube. Muy meritorio. Ahora se juega mucho más: consolidarse como un partido liberal de centro derecha con tacto y personalidad para pactar a derecha y a izquierda, o quedarse a piñón fijo como una fuerza complementaria de la derecha, destruyendo sus excelentes opciones de futuro. La alcaldía de Madrid podría corresponderle a Begoña Villacís, de su partido, a cambio de apoyar al socialista Ángel Gabilondo, que al fin y al cabo ganó las elecciones, como presidente de la Comunidad de Madrid. Todas las miradas, hacia Rivera.

En España, aunque no figure como tal en la Ley Electoral, se decide casi todo en segunda vuelta: la de los pactos. En un contexto mundial en el que casi han desaparecido las mayorías absolutas y donde superar el treinta por ciento de los votos es muy difícil, el sistema español es muy exigente porque requiere acuerdos para todo. Para ponerlo más difícil, en nuestra cultura política “pactar” se asimila a “pastelear” y a “claudicar”, sino a “traicionar”. Pero la gobernabilidad de las instituciones y la estabilidad requieren consensos. Alcanzarlos con inteligencia es cosa de políticos hábiles. Enmarcarlos en una jugada estratégica para preservar las instituciones de extremismos y que conecte con la corriente europea que defiende la Unión, es cosa de políticos de Estado.

Macron y Sanchez juegan a coordinar liberales y socialdemócratas en Europa. Sin hablar con ellos, Manuel Valls, que obtuvo resultados muy discretos el 26 de mayo, sintoniza con esa jugada y ha adquirido en los últimos días gran proyección. Irrita a los extremistas. En Vox le llaman “el francés”, acaso en línea con el espíritu insurreccional del 2 de mayo de 1808; y los independentistas, “el fracasado”. Valls, emigrante catalán a Francia, fue elegido alcalde Evry, más tarde fue nombrado ministro y llegó a ser primer ministro. Un fracasado, como se puede ver.

El espectáculo político promete estos días. Baile de nombres apasionante en Madrid, Barcelona y en numerosas ciudades y comunidades: Maragall o Colau, aunque ella se despidió con lágrimas; Martinez Almeida del PP, Begoña Villacís o Manuela Carmena, otra que dijo adiós; isabel Diaz Ayuso o Gabilondo para la Comunidad. Multipliquen estas incógnitas por decenas y tendrán el inmenso tablero de ajedrez que es hoy la política española. Aficionados e radicales absténganse. Dejen paso a políticos de Estado, tipo Valls. Si los hubiera, claro.