Enrique Gomáriz: La urgente necesidad de crear ciudadanía europea

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Las grandes crisis socioeconómicas ponen a prueba la convicción democrática de la ciudadanía, asegura el sociólogo Enrique Gomáriz, en referencia a las dificultades que atraviesa el sistema en América Latina y ahora también en la Europa Comunitaria. El mejor remedio, como explica en su artículo, radica en la calidad de las instituciones y de la ciudadanía, que ‘debe estar convencida de que el fortalecimiento de sus derechos y libertades se garantiza más plenamente en el espacio de la Unión Europea’. Es preciso evitar caer en la tentación de las soluciones ‘simplistas y demagógicas’, y derrotar el creciente impulso de los proyectos populistas.

 

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Por Enrique Gomáriz
Tras diez años de estudios sobre las dificultades de la democracia en América Latina, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha llegado a la conclusión de que el mayor reto que tiene la región en esta materia es crear ciudadanía. Sin una ciudadanía que esté íntimamente convencida de que es necesario respaldar la democracia será muy difícil su consolidación definitiva en la región. Es decir, siguiendo la sentencia kennedyana, es necesario que la gente deje de exigir qué puede obtener de la democracia, para preguntarse qué puede hacer para fortalecerla.
Pero si la creación de ciudadanos demócratas convencidos es tan importante, la deducción consiguiente está clara: la calidad de la democracia no depende sólo de la calidad de las instituciones sino también de la calidad de la ciudadanía. Un presupuesto lógico que no sólo parece válido para América Latina, al menos a la vista de los fenómenos electorales sucedidos en el hemisferio occidental: el referéndum que condujo al Brexit o la victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos, entre otros.
Desde luego, la convicción democrática de la ciudadanía se pone a prueba con las grandes crisis socioeconómicas. Así sucedió en los años treinta y ha vuelto a suceder con la profunda crisis que se inició en 2008. En estas amargas coyunturas suele crecer la tentación de dar la adhesión a propuestas simplistas y demagógicas, es decir a proyectos populistas. Un estudio de los politólogos Inglehart y Norris (Trump, Brexit, and the Rise of Populism. Harvard. 2016) sugiere que los núcleos que provocan este fenómeno son: incertidumbre económica y explosión de la diversidad étnico-cultural, a los que habría que agregar el impacto del terrorismo directo. Teniendo a la vista estos factores, la cuestión decisiva consiste en saber cuál será la proporción de ciudadanos y ciudadanas que se inclinarán hacia el populismo. Y en eso consiste precisamente la prueba del ácido para medir la calidad de la ciudadanía: parece existir una relación directa entre baja calidad de la ciudadanía y fuerte ascenso del populismo (algo que habría sucedido desde Grecia a Estados Unidos, por poner ejemplos de orientación opuesta).
Por el contrario, donde hay una ciudadanía más consistente el populismo puede amenazar pero es finalmente derrotado, como ha sucedido en Holanda y podría suceder en Francia. La cuestión es entonces cómo lograr que esa ciudadanía consistente crezca y se desarrolle. Como dice el PNUD, la tarea decisiva es cómo crear ciudadanía.

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Pero si ese asunto es complejo en los estados de la Unión Europea, la dificultad aumenta notablemente si se plantea a nivel continental. ¿Cómo crear ciudadanía europea de calidad? Y a la vista de casos como el Brexit la pregunta no es precisamente retórica. Para responderla se hace necesario un adecuado punto de partida. En primer lugar, hace falta precisar qué se entiende por ciudadanía europea. Un primer acercamiento suele referirse al ámbito emotivo: alude a los ciudadanos y ciudadanas que se sienten europeos. En otras palabras, que se identifican como europeos frente al resto del mundo. Sin embargo, este sentimiento identitario no es suficiente, porque todavía no refiere al convencimiento propiamente político (que se entiende como un conjunto de intereses, visones racionales, además de sentimientos). El preámbulo de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE permite hacerse una mejor idea en este sentido: la ciudadanía europea es aquella que está convencida de que la UE es el mejor espacio para gozar de derechos y libertades, así como para avanzar en su aplicación efectiva. Desde luego, sin confundirse acerca de la propia UE, que, aunque es una entidad supranacional, funciona a partir de la voluntad de sus estados miembros. Dicho de otra forma, si se quiere cambiar la política económica de la UE es necesario ganar las elecciones en los Estados para formar gobiernos con otra orientación política.
Entonces, más allá de la identidad, ¿qué proporción de la ciudadanía de los Estados miembros está convencida de que el espacio europeo es el mejor para mantener y potenciar sus derechos y libertades? Pues ya tenemos un ejemplo: en el Reino Unido no parece haber suficiente; tanto porque no estén para nada convencidos, como porque su convencimiento no sea lo suficientemente fuerte como para salir a votar cuando es necesario. Y no es simplemente pesimismo pensar que esa ciudadanía europea convencida no es precisamente mayoritaria en muchos otros países de la Unión.
Aclarado el punto de partida, el interrogante estaría referido a si es posible crear esa ciudadanía europea necesaria para sostener firmemente la Unión. Algo que no aparece como una tarea precisamente fácil de llevar a la práctica. En primer lugar, porque también es necesario estar convencido de que ello es necesario. Algunas culturas políticas tienen aspectos que obstaculizan ese convencimiento.
La cultura política liberal, por ejemplo, considera que no es necesario promover ciudadanía porque toda la población conoce sobradamente sus intereses y derechos. Como sucede con el sexo, todos los adultos saben perfectamente de qué va el asunto (así nos va luego). Pero también hay confusiones en la cultura socialdemócrata. Dado que su experiencia originaria estuvo referida al esfuerzo para representar los intereses de las clases trabajadoras en el sistema político, su preocupación principal consiste en resolver los problemas de los mecanismos de representación, afectados también por la crisis. Parte de la visión distorsionada del conjunto de la izquierda según la cual la ciudadanía –y sobre todo el pueblo- siempre mantiene una orientación progresista por naturaleza. Algo que hace tiempo la ciencia política ha demostrado erróneo. No hay que confundir el presupuesto de que la soberanía reside en el pueblo con el hecho de que éste puede equivocarse. Claro, eso significa que es el único que tiene derecho a equivocarse, aunque no por eso la equivocación sea menor.
No obstante, superados estos obstáculos de partida, la creación de ciudadanía es una de esas cosas que resulta más fácil decirla que hacerla. ¿Existen ejemplos de creación de ciudadanía en algún lugar? ¿Pueden mostrarse experiencias que puedan servir de referencia? La respuesta es positiva. En Europa el caso más claro fue Alemania Federal, donde, después de la guerra, para evitar el resurgimiento de brotes totalitarios, se desarrollaron toda una serie de medidas de creación de ciudadanía democrática, que abarcaron desde el ámbito educativo hasta el propio sistema político (una de las cuales fue la obligación de todos los partidos políticos de crear una fundación política para el fortalecimiento de la cultura democrática). Pero más lejos, en Chile, tras la caída del régimen de Pinochet, se creó una serie de entidades civiles para educar en la participación electoral a la ciudadanía. De hecho, en varios países latinoamericanos, el Tribunal Superior de Elecciones se apoya en ese tipo de organizaciones (sociales o académicas) para aumentar la calidad de esa participación.
¿Y en la Unión Europea, existe algo en ese sentido? También en este caso la respuesta es positiva. En realidad, el problema en la UE es tanto político como de aplicación práctica. La UE tiene un área de trabajo que, bajo el título de Ciudadanía de la UE, integra la preocupación por la ciudadanía europea. Ciertamente, esa área está referida sobre todo a publicitar los derechos que tienen los ciudadanos de la UE y los mecanismos (como el Defensor del Pueblo) para que cualquier ciudadano pueda reclamarlos. Algo que ciertamente contribuye a la creación de la ciudadanía europea. Pero el enfoque tiende a esperar a que la gente acuda a las instituciones de salvaguarda y no tanto al encuentro con la opinión ciudadana. No obstante, dicha área está compuesta por tres programas que se refieren a la participación ciudadana: “Europa para los ciudadanos”, “Derechos ciudadanos y ciudadanía” y “Dialogo con los ciudadanos”. Al examinar los propósitos de estos programas se observa que es el primero el que se refiere más directamente a la creación y fortalecimiento de la ciudadanía europea.
El problema, como se apuntó, es principalmente de orientación política y de aplicación práctica. En primer lugar, destaca la reducida dimensión de las acciones. El programa mencionado (Europa para los ciudadanos) tenía hasta 2014 un presupuesto de 360 millones de euros para siete años (en torno a 50 millones anuales), para el conjunto de la Unión, lo que da una idea de su mínima dimensión. Pero debido a los ajustes fiscales, la nueva fase del programa (de 2014 a 2020) ha recortado ese presupuesto a la mitad, lo que ahora significa 26 millones al año para 28 países. Desde luego, esta actuación minúscula refiere a un problema netamente político.
Digámoslo claramente, las instituciones europeas no consideran que el asunto de la formación y comunicación para la creación de ciudadanía europea sea un asunto de trascendental importancia. Un craso error que, desde luego, comparten las autoridades de los Estados de la Unión y que hoy estamos pagando todos. Y no se trata tanto de provocar descompensaciones políticas. La clave del europeísmo en el contexto de crisis es una moneda de dos caras: mantener un piso básico en el Estado de Bienestar y realizar un salto de calidad en la creación sociocultural de la ciudadanía europea.
El problema se agrava por el contenido de los programas UE descritos, que están orientados sobre todo a dar cauce a los ciudadanos que deseen participar en las políticas de la UE y no van al encuentro de la opinión ciudadana, esa ciudadanía sustantiva que no actúa como minoría activa sino que se siente sujeto de derechos sin necesidad de estar permanentemente movilizada. Pues bien, esa ciudadanía sustantiva es la que debe estar convencida de que el fortalecimiento de sus derechos y libertades se garantiza más plenamente en el espacio de la Unión Europea. Pero para ello se necesitan campañas de difusión y publicidad, acentuación de programas educativos (por ejemplo, lectura de libros claves sobre la Europa del siglo XX) y políticos (incluso como parte de la financiación de los partidos) y toda una serie de acciones que intenten revertir el problema creado del amplio euroexcepticismo que se extiende por Europa. Sugiero una pequeña experiencia personal para medir la gravedad del asunto: pregunten en su entorno familiar y de amistades, unos días antes de la efemérides, cuantas personas conocen que el 9 de mayo se celebra el Día de Europa. Y no se asusten si el resultado es demasiado deprimente.

Enrique Gomáriz, sociólogo, ha sido durante investigador en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), durante veinte años. Ha escrito la novela histórica Donde la tierra firme termina.

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