Jesús Casas Grande: “Los montes bien gestionados, que generan recursos, arden peor que los montes abandonados”

 

 

“Es imprescindible un pacto de Estado para la defensa del medio rural y del medio ambiente”

 

El director general de Medio Ambiente del Principado de Asturias apela a la necesidad de un cambio de mentalidad que nos permitirá “entender el monte como un recurso que puede generar ingresos”, al servicio de la ciudadanía y de la sociedad. “Tres décadas tratando de ejercer de funcionario publico comprometido con la naturaleza, el territorio, la gente, y un futuro en dignidad” le confieren autoridad en estas materias. Sabe de lo que habla. Y Jesús Casas Grande asegura que los incendios se combaten con “montes bien gestionados, que combinan naturaleza con rentabilidad”, sencillamente porque “arden peor que los montes abandonados”. En modelo territorial recomienda “fortalecer la capacidad del Estado para organizar y hacer políticas globales”, aunque sea la administración más cercana quien haga su ejecución. Entre los peligros que nos amenazan, este político madrileño cree que se están creando “unos vacíos muy grandes con densidades de población minúscula, similares a las zonas más vacías del planeta, que están generando dos países en un país”. Para reaccionar, Casas Grande invita a abrir el debate y actuar con visión de Estado.

“Ahora hay más naturaleza que hace 50 años y, en consecuencia, hay más posibilidad de que se produzcan incendios. O tenemos un modelo de gestión de ese crecimiento o los incendios serán más grandes, más intensos y más dañinos”

 

“Están creándose unos vacíos muy grandes, con densidades de población minúscula similares a las zonas más vacías del planeta, que están generando dos países en un país”

 

“Si se decide adecuar la Constitución a los nuevos tiempos, los aspectos territoriales y medioambientales tienen que tener un peso muy superior”

 

“Tenemos que firmar la paz con el clima y desterrar poco a poco aquellas prácticas que producen un aumento de CO2 en la atmósfera”

 

Por Agustina Sangüesa

¿Por qué maltratamos el medio ambiente y despreciamos el medio rural?
Hemos generado una cultura donde lo rural era lo atrasado, lo atávico, lo que había que abandonar, lo que impedía el progreso; que relacionaba el futuro con las ciudades, la industria y la incorporación de tecnología. Y ese pensamiento, machacado durante casi un siglo en la forma de vivir, de pensar y de hacer, al final, ha provocado una cierta invisibilidad del medio rural, hasta el punto de que corremos el riesgo de que desaparezca como referente cultural e identitario de un pueblo.

Ahora que estamos atrapados en la crisis territorial de Cataluña, quizás es buen momento para reconocer que hemos desatendido el problema de la despoblación en un extenso territorio del país
Estamos viviendo un profundo cambio de modelo territorial. Creo que nuestro país, en su conjunto, no pierde población pero sí está habiendo una enorme redistribución de sus habitantes. Hay una tendencia a concentrarse en zonas urbanas, en la costa, en el centro y alrededores de Madrid. Y, sin embargo, están creándose unos vacíos muy grandes, con densidades de población minúscula similares a las zonas más vacías del planeta, que están generando dos países en un país. Y no sé si podemos trabajar de forma armónica y si podemos coexistir de manera homogénea en un territorio con áreas superpobladas, fundamentalmente en Levante y el Mediterráneo y otros espacios profundamente vacíos. Yo creo que eso es malo para el aprovechamiento de los recursos naturales, es malo para la propia estabilidad dentro del sistema porque va a generar tensiones centro/periferia y áreas ocupadas/áreas vacías.

 

 

Genera tensiones. Y es injusto. Y perjudicial para el medio ambiente
Yo no me atrevería a decir si es justo o injusto…

Injusto en la medida que provoca falta de equidad territorial
Evidente. Pero eso está más cerca de un juicio moral que jurídico. Aunque, efectivamente, es injusto desde el punto de vista de la equidad territorial, para su coherencia y cohesión.

Usted ha publicado en Twitter que “la despoblación rural necesita una visión global de Estado desde la perspectiva de un modelo territorial”
Claro, es importante saber qué modelo de país queremos. Y no estoy hablando de un modelo de estructura política-administrativa, sino de qué modelo de uso del territorio queremos. Si queremos un país donde la gente pueda distribuirse homogéneamente por todo el territorio para desarrollar su proyecto de vida en cualquier lugar o, si por el contrario, apostamos por áreas muy despobladas, difíciles, que abandonamos desde el punto de vista mental y nos concentramos en áreas más sencillas. Si no tenemos un modelo de país van a ser otros factores difícilmente controlables, como la economía y la sensación de calidad de vida que tenga la gente, los que van a controlar. Hay que tener una visión de Estado, no puede ser que decidamos cuál va a ser nuestro modelo en cada comunidad autónoma o en cada comarca o municipio, porque no es viable. Y sinceramente, a veces, echo en falta esa visión de Estado.

¿Es urgente un pacto de Estado para la defensa del medio rural y del medio ambiente?
Es imprescindible un pacto de Estado para la defensa del medio rural y del medio ambiente. Y no sería tan difícil porque no estamos hablando de una cuestión ideológica de derecha o izquierda o de qué modelo económico se adopta – cooperativo, de empresa privada, etc-; estamos hablando de un modelo de ocupación territorial en una sociedad madura que entiende que la presencia del hombre en un territorio tiene que ser coherente con la preservación de los valores naturales. No sería tan difícil llegar a ese modelo de Estado.

¿Sería bueno que pasara por una reforma de la Constitución en los aspectos territoriales y ecológicos?
Si se decide finalmente mejorar y adecuar la Constitución a los nuevos tiempos, los aspectos territoriales y medioambientales tienen que tener un peso en el articulado muy superior al de ahora mismo, porque hace 40 años no estaban encima de la mesa. La visión territorial que tenemos ahora y el peso que ha cobrado el medio ambiente en la sociedad, en su forma de pensar y de construir el futuro, no tiene nada que ver con el que tenía hace medio siglo. Si se abre el proceso de discusión de la Constitución estos dos temas tienen que tener mucho más calado porque, además de ser derechos internacionales y de la ciudadanía, se trata del territorio que vamos a dejar a nuestros hijos.

“Los montes bien gestionados, que generan recursos, que combinan naturaleza con rentabilidad, arden peor que los montes abandonados”

El ingeniero de Montes y funcionario del Estado, Eduardo Crespo de Nogueira, apunta que esta reforma debe incardinarse, desde una visión global, a “un texto constitucional propio de nuestro tiempo”. Incluso da un comienzo: “Los poderes públicos velarán específicamente por la integridad de los ecosistemas, de su funcionamiento y de sus interconexiones, procurarán la restauración de los que se hayan degradado y colaborarán entre sí y con los actores sociales, en el mantenimiento de un entramado ecológico sano y diverso, evitando su posible menoscabo por motivos competenciales”. ¿Le parece un buen punto de partida?
Estoy de acuerdo con el ingeniero Eduardo Nogueira. Creo que tenemos que hacer un esfuerzo por delimitar responsabilidades, sobre todo, en temas, que son obligadamente transversales y conectados: qué peso van a tener los ayuntamientos y las Comunidades Autónomas o qué papel asumirá el Estado en la conservación de los recursos naturales. Es difícil hacer un planteamiento muy localista mientras hay aves que cruzan nuestros cielos desde la tundra ártica para llegar a África. Es fundamental fortalecer la capacidad del Estado para organizar y hacer políticas globales del territorio, sin menoscabo de que la ejecución corresponda a la administración más cercana. Me preocupa mucho que la construcción del territorio o la conservación de los recursos naturales sea una suma de piezas, medidas y calibradas pero con una visión a corto plazo. Necesitamos políticas de Estado en muchos ámbitos y este es uno de ellos.

No podemos perder más tiempo
Necesitamos esa política de Estado cuanto antes, trabajando en lo importante y no en lo urgente. Venimos de un debate con visión localista y lo que hay que hacer es abrir el debate, abrir espacios a la discusión en que haya gente con visión global. Sobre todo, hace falta abrir el debate.

¿Nos llevan mucha delantera en esta materia algunos vecinos europeos?
No estamos muy lejos, pero ellos evolucionaron antes. Es cierto que en Francia el medio rural está organizado de otra forma, pero es que la revolución industrial francesa es del siglo XVIII y el modelo territorial que se adopta entonces no es el de los grandes polígonos industriales de España, donde la revolución industrial se produjo prácticamente en el siglo XX. Creo que las sociedades que empezaron antes su transformación desde el modelo rural puro al urbano han tenido una mayor capacidad de adaptación que quienes hemos irrumpido bruscamente.

Me sorprende su exceso de optimismo al decir que estamos en una sociedad madura que valora su medioambiente
Yo creo que sí…

Da la impresión que a veces esa sociedad no lo tiene tan claro, como en episodios tan dramáticos como los incendios que ha asolado el norte del país
Yo creo que la conciencia ambiental existe. Otra cosa es cómo se materializa. Y tampoco podemos criminalizar a toda la sociedad porque haya unos comportamientos totalmente inaceptables que son los que han provocado esta ola de incendios. También es verdad que los incendios ocurren en un contexto social y económico determinado.

¿Por qué ocurren?
Es muy sencillo. Recorramos los 30 ó 40 últimos años y veamos el perfil de los incendiarios detenidos, convictos, confesos y condenados. No hace falta especular, simplemente vayamos a las memorias de la autoridad judicial y veamos a las personas inculpadas. Los incendiarios responden a un patrón muy concreto. En las memorias de la Fiscalía no aparecen grandes tramas organizadas enemigas de la naturaleza, sino que aparece una sociedad que a veces comete descuidos. Estamos hablando de rencillas locales, pastos y limpieza, imprudencias… Una sociedad que refleja sus debilidades, sus carencias, sus vicios y prácticas culturales que, aunque venidas a menos, se siguen usando.

 

¿El medio también impone nuevas reglas?
También sucede que la naturaleza se ha venido arriba como consecuencia del abandono rural -por ejemplo, ya no nos calentamos con leña-, y hay mucha más biomasa que hace que el medio natural sea mucho más sensible al incendio. Ahora hay más naturaleza que hace 50 años y, en consecuencia, hay más posibilidad de que se produzcan esos incendios. España a principios de siglo XX era un país arrasado, no se veían árboles por ninguna parte. Y ahora somos un país muy forestado, con una superficie que aumenta todos los años. Hay que asumir que es así y que tenemos que cambiar nuestra relación con el medio natural. O tenemos un modelo de gestión y de uso de la naturaleza que permita manejar ese crecimiento o, al final, los incendios serán más grandes, más intensos y más dañinos. Y vamos a ir a más con la perspectiva que hay del cambio climático.

¿Qué medidas se deben tomar para hacer una política forestal a la altura de los graves incendios, de la creciente desertificación?
La gestión del territorio cuesta mucho dinero…

¿Hay poco presupuesto?
No es cuestión de que haya poco presupuesto, es que las cuantías del presupuesto son difícilmente abordables. Ahora se habla mucho de reducir biomasa, de evitar la gran concentración de masas forestales. Y creo que hay que convertir ese territorio en un espacio usado. Hay que cambiar un poco el chip para entender el monte como un recurso al servicio de la ciudadanía y de la sociedad, que puede generar ingresos para un sistema que, entre otras funciones, mantiene el medio limpio. Los montes bien gestionados, que generan recursos, que combinan naturaleza con rentabilidad arden peor que los montes abandonados. Y no vamos a encontrar dinero –por mucho esfuerzo que hagan todas las administraciones- si queremos mantener limpios todos los montes abandonados de nuestro país.

La agenda 2030 avisa que un progreso saludable en términos de educación, salud, alimentación, inclusión social, equidad y paz, todo pasa por avances y logros ambientales. ¿Qué deberes nos pone la Agenda 2030?

Primero tenemos que encontrar un equilibrio climático. Hay que entender que tenemos que firmar la paz con el clima y desterrar poco a poco aquellas prácticas que producen un aumento de CO2 en la atmósfera. Segundo, creo que tenemos que ser muy respetuosos con la naturaleza. Es importante comprender que los recursos naturales están para usarlos pero, sobre todo, están para que los usen los que vienen después, por lo que la visión de conservación es vital. Y creo que, en general, debemos entender que hay un derecho a disfrutar de este planeta y dejarles a las siguientes generaciones un planeta digno y decente. Si empezamos a funcionar sobre esas premisas, probablemente aceptemos que, por el momento, no hay otro sitio adonde ir.

Tenemos que hacer la paz con la naturaleza. Pero ya llegamos tarde, por ejemplo, a la lucha contra el cambio climático, con una ley que no acaba de arrancar. ¿Qué podemos hacer para que nuestros representantes políticos asuman la importancia de la lucha contra el calentamiento y aceleren un poco los pasos?
Creo que tenemos que exigir a nuestros responsables políticos que cumplan con los compromisos y si no lo hacen, cambiar nuestro voto. Y tercero, debemos exigir. Y por último está el chequeo de esa exigencia que es el papelito blanco que metemos en una urna. Si la ciudadanía quiere, el político lo hace; si la ciudadanía no se moviliza, el político va a estar muy cómodo pensando que no hay una demanda por parte de la ciudadanía.

¿Qué sueño le gustaría cumplir?
Quedan muchos sueños. Me gustaría ver un país más sencillo y más limpio (risas). A veces percibo demasiada complejidad y demasiada oscuridad. Me gustaría ver un país en el que el medio rural fuera un ejemplo de lo que funciona bien, en el que los ciudadanos pudieran desarrollar su proyecto vital en cualquier lugar. Un país digno, con una naturaleza soberbia, que dejáramos con orgullo a nuestros hijos.

 

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